Cuando te acercas a los treinta te das cuenta que eres de esa magnifica generación que comía bocadillos de tableta de chocolate y jugaba con las peonzas. De esa que tragaba como un pavo lo que tu madre te pusiera en el plato para bajar a las pistas a jugar al balón cuando salías del colegio.
Cuando te acercas a los treinta piensas dónde quedó eso de jugar al escondite, al retroceso, hacer campeonatos de chapas en los parques; dónde quedó el saltar en un charco cuando llovía aunque terminaras calado; dónde quedó eso de ver a la Bruja Avería o comer galletas con mantequilla.
Cuando te acercas a los treinta sabes que empiezan las arrugas, las agujetas cuando haces algo a lo que no estas acostumbrado y las canas.
Cuando te acercas a los treinta te das cuenta de que a lo mejor no fue buena idea lo de falsificar las notas y correr hasta el buzón para coger las cartas de las ausencias del instituto.
Cuando te acercas a los treinta piensas que ya no serías capaz de pasar una noche entera en una discoteca bebiendo todo lo que pillabas porque al día siguiente se acababa el mundo.
Cuando te acercas a los treinta y piensas en casarte, en tener niños, en llevar una vida de viejo como hasta entonces tu la llamabas, es entonces cuando te das cuenta de que eres de esa magnifica generación que algún día tenía que crecer.